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La transformación digital de las pymes es una realidad. Quizá el cambio no se esté produciendo a la velocidad deseada o esperada, pero lo cierto es que ya nadie se plantea si una empresa debe o no digitalizarse. Eso ya se da por hecho. La cuestión ahora es acompañar a las pequeñas y medianas en su proceso de cambio y proporcionarles las mejores condiciones posibles para hacerlo.

Está claro que cada compañía tiene su propia justificación para iniciar su transformación digital. Cada empresa es un mundo y cada una, tiene sus ritmos, sus tiempos y sus objetivos. Aún así, quedaría muy bonito decir, que el ecosistema español de pymes ha entendido la necesidad de transformarse y que hace girar su evolución sobre los pilares propios de la digitalización, ya sea, en el entorno de la tecnología, en el de las personas o en el del negocio.

Pero lo cierto es que, la mayoría de las veces -no todas desde luego- el golpe de timón de las pequeñas y medianas empresas para iniciar el cambio viene provocado, bien por la presión que ejerce la competencia -sean o no, compañías que operaban tradicionalmente en su sector; si no, mira lo que está pasando en el entorno de la banca con las Fintech, por ejemplo-, bien por la sugerencia de cambios en las formas de trabajar de los propios empleados o, bien por la imposición de un cliente-usuario-consumidor, cada vez más exigente.

En todo caso, aunque parezcan ser tres razones independientes, lo cierto es que competencia, cliente y talento guardan una estrechísima relación para impulsar esta y otras muchas decisiones relacionadas con el negocio. Pero, vayamos por partes:

La competencia que pisa los talones

Es evidente que nuestro propósito empresarial no surge -al menos, como norma general- del deseo irrefrenable de ser mejor que el otro. Es decir, nuestro negocio no funcionará mejor, no desarrollará un producto o proporcionará un servicio mejor solo porque queramos destacar respecto a la competencia. Desde luego, puede ser un aliciente, pero, en ningún caso, deberá convertirse en el leit motive de nuestro proyecto de negocio.

Pero sí que es verdad que debemos tener muy presentes a nuestros competidores: quiénes son, qué hacen, cómo lo hacen, etc. Y mirar siempre por el espejo retrovisor qué empresa nos viene pisando los talones. Conocer a la competencia nos ayuda igualmente a conocernos un poco mejor a nosotros mismos y, también, nos alerta y nos previene sobre movimientos del mercado que pueden condicionar -y mucho- el desarrollo de nuestra propia organización.

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Es evidente que si la competencia recorta significativamente el time to market de sus productos/servicios estará condicionando tu propio movimiento y, sin duda, te obligará a revisar procesos, estrategias y objetivos. Más ahora, en la era digital, en la que la inmediatez, la agilidad y la transparencia son -sí o sí- la clave del éxito o, incluso, de la supervivencia de muchos negocios. Por lo tanto, si la competencia es más rápida, nosotros deberemos acelerar el paso si no queremos quedarnos atrás.

Pero, respecto a la competencia hay otras cuestiones que son también muy relevantes y que, todas las empresas que naveguen en un mismo océano deben tener muy en cuenta. Precisamente, la revolución digital ha permitido la entrada de nuevos competidores en el mercado, muchas veces, empresas que operan en otros sectores, incluso en otros entornos y, hasta en mercados geográficos diferentes. La digitalización ha eliminado las barreras. Prácticamente las barreras de todo tipo, no solo los límites territoriales. Hoy la tecnología y el conocimiento y la plasticidad de las empresas ¡Ojo! y de las personas, hace posible la conjunción de productos y servicios complementarios en un solo proveedor (vuelvo a recordar el ejemplo de los bancos y las Fintech). Por lo tanto, a la competencia hay que estar muy atentos. A la de siempre y a la nueva. Las pymes se han dado cuenta y, ha sido, precisamente ese control sobre las organizaciones competidoras lo que ha impulsado el salto digital en muchas de ellas.

Los empleados que no transigen

En un mundo absolutamente tecnológico como en el que nos encontramos, en el que ya podemos hacer casi cualquier cosa a través de un dispositivo móvil, llámese Tablet, Iphone o cualquier otro wearable no tiene mucho sentido, rebajar el nivel de “tecnologización” personal para desempeñar nuestra actividad laboral. Hasta hace poco tiempo -por fortuna, cada vez menos- se daba la paradoja de que mientras que, de forma natural, accedíamos a una web para comprar una entrada de cine, reservar un vuelo o, incluso, contratar un seguro para nuestro hogar, en el entorno de trabajo seguíamos utilizando herramientas poco sofisticadas para desempeñar nuestra tarea. Por ejemplo, se me ocurre el tradicional ejemplo del Excel para gestionar la facturación de una empresa.

Hoy, eso ya no pasa, entre otras cosas porque el acceso a la tecnología se ha liberalizado con la llegada de la nube, y también, con los modelos de comercialización y explotación tecnológica mucho más flexibles y democráticos que tenemos en estos momentos. Pero también, gracias al empuje de una nueva generación de profesionales que, casi sin saberlo, han ido cambiando la fisonomía tecnológica de las empresas.

La selección y fidelización del talento siempre ha sido una de las tareas más difíciles a las que se han tenido que enfrentar las pequeñas y medianas empresas. Por eso, una de sus mayores preocupaciones ha sido siempre entender cuáles podrían ser los aspectos que se deberían mejorar en la propia organización para hacerla más atractiva frente a los mejores profesionales. Y, al final, la tecnología, por supuesto, además de otra serie de cuestiones como la flexibilidad, la cercanía o la eliminación de niveles jerárquicos, se acabó presentando como un elemento a tener muy en cuenta.

Hoy ya no tanto. Pero hace apenas 8 ó 10 años cuando no todas las empresas proporcionaban o permitían siquiera utilizar móviles, o acceder a las redes sociales o, cuando las tablets eran un objeto de lujo, resultaba difícil adaptarse, particularmente para aquella primera generación de nativos digitales que no acababan de entender esa asincronía entre su ámbito personal y su entorno profesional. Por lo tanto, la presión del talento, de los empleados también ha sido determinante para que las pymes impulsen su cambio.

Los clientes que no esperan

Lo he dejado para el final, ni mucho menos, porque sea la razón de menos peso. Más bien al contrario. Las empresas han entendido que poner el foco en el cliente les hará escalar posiciones en un mercado tan globalizado, competitivo y cambiante como el actual. Pero, el cliente también ha tomado conciencia de su poder. Un poder que ejerce sin remordimientos y que premia o castiga por igual a las empresas que le defraudan o le satisfacen.

No es un cliente fiel, aunque, muchas de las estrategias empresariales de la era digital, apunten hacia la fidelización del consumidor. Hoy tiene cientos de alternativas diferentes, a las que puede acceder a través de múltiples canales, tiene la capacidad y la información suficientes como para poder comparar y elegir; la agilidad y también la tecnología necesaria para cambiar tantas veces como considere oportuno y, en definitiva, es un cliente que se mueve muchas veces, más por la emoción que por otros aspectos diferentes.

En todo caso, mejorar la experiencia de usuario, incrementar su satisfacción y poner todo a los pies del cliente, ha sido también una de las motivaciones -quizá la de mayor peso- que han tenido las pymes para impulsar su transformación digital. Las pequeñas y medianas empresas han puesto al cliente en el centro de su estrategia y en el punto de mira de todas sus operaciones y, en base a eso, han desarrollado productos y/o servicios más avanzados, han mejorado sus procesos internos, han proporcionado mejores niveles de atención y, en definitiva, han buscado la diferenciación entre sus competidores.

Por lo tanto, competencia, empleados y clientes son las tres motivaciones principales por las que podríamos decir que una pyme pone en marcha su transformación digital. ¿Es también la motivación que mueve el cambio en tu organización?

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